Hubo una vez en que pedí un autógrafo. Tendría algo así como 5 ó 6 años y, en pleno furor de 'La noche del domingo' y el concurso de pulseadas, me lo crucé a Arévalo, algo así como el juez de cada enfrentamiento. Agarré un cartoncito, mi mamá me dio una birome, y solicité, no con poca vergüenza, el tan ansiado trofeo. En él se leía bien claro Arévalo, así, seco, sin dedicatorias con falsos cariños ni frases ingeniosas.

Fue la única vez.

Es para mí uno de los grandes misterios de la humanidad, junto con "quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos". No logro entender el sentido de tener un papel (o sus variantes de cuaderno, servilleta, volante, DNI) firmado por alguien, sea quien sea. ¿Acaso es necesario que para testimoniar el encuentro con alguna celebridad o persona admirada, alguien necesite un papel? O más grave, ¿es necesario tener que demostrarlo? Parece ser que no alcanza con sólo vivir el momento y conservarlo en la memoria: también hay que tener pruebas, sino no pasó.
Conozco gente que tiene o pidió autógrafos a Flea de Red Hot Chili Peppers (y se llevó un mal recuerdo con su no-simpatía), Andrés Gimenez (firmó un DNI), y Ciro Pertusi (firmó una remera). El destino de esas firmas fue variado: la de Flea se perdió, el que sacrificó su documento ya no escucha ANIMAL y la remera terminó en el lavarropas.
Caso aparte es el libro con dedicatoria, que merece ser firmado por el sólo hecho de que en algún momento puede cotizar alto. Sólo por eso.

La necesidad de tener una huella de una charla, que la mayoría de las veces no significa nada para el autografiante, es algo que no logro entender.

Hasta me animo a tirar una máxima: Todo aquel que pide un autógrafo es un fanfarrón que no tiene otra cosa con la que presumir.

Te lo firmo.