Hubo un momento en que la palabra moneda -no en su sentido amplio ni como referente de una identidad nacional- significaba poco: era el sobrante, eso que no representaba mucho para uno y podía darlo a alguno que lo pidiera por la calle. Entonces la frase 'Ehhhh, me das una moneda para...' (complétese con sánguche, bondi, birra) se traducía en dar ese pequeño pedazo de metal redondo, que se conseguía en cualquier lado comprando un Beldent a 50 centavos.

Muchísimas veces me pregunté -muchas de verdad- si aquellos que siempre vivieron de las monedas ofrendadas por otros (cantantes de subte, artistas a la gorra, mendigos en general), vieron mermar sus ganancias con el conocidísimo problema de la falta de metálico. Pero como no soy de ponerme a hablar con las personas por la calle, nunca les pregunté.

Pasó entonces que me sentí identificado. Cuando ese músico subió al colectivo, con su guitarra en un hombro, la mochila en el otro y el amplificador en la mano, me recordé en esos días en los que no había lluvia, calor ni compromisos que hicieran mérito como para suspender un ensayo. Ahí estaba él, sostenido por dos piernas finitas como huesos de pollo, con su remera rocker y el pelo genuinamente lookeado para el rock, dueño de esa rebeldía que sólo se tiene entre los 16 y los 20 años.
Revolvió en los bolsillos de su chupín y rescató $12, de los cuales $8 serían para la sala y el resto para viajar de vuelta a casa, a contarle a mamá o al hermano mayor que 'ya nos sale re-bien la última de Metallica'... También tenía monedas, pero de esas chiquitas que sólo sirven cuando acompañan a alguna más grande... Y, lleno de inocencia, se animó a decir:

- ¿Alguien me cambia $2?

Un silencio atroz invadió el vehículo. Acaso alguien iba a regalar dos monedas, objetos de valor nominal=1 pero de valor real incalculable? Y el rocker se caminó medio colectivo, con su guitarra, mochila y amplificador en mano, haciendo equilibrio ante cada lomo de burro de la Gral. Paz, sin tener éxito. Nadie quiso darle cambio.
Y yo, que por una de esas casualidades había conseguido $200 en monedas unos días antes, saqué los $2 que le permitirían al pollo rockero sentirse una estrella en sus horas de ensayo. Humilde estrella viajante en bondi, pero estrella al fin.
- Gracias che, que buena onda!

Y por un momento las monedas volvieron a ser eso: monedas, pequeños trozos de capital que uno podía dar sin tener que pensar demasiado.