Hay momentos en la vida de un hombre que siempre quedarán guardados en su memoria, quizás unidos a la también inolvidable vergüenza que los acompañó. Situaciones tales como comprar la primera revista pornográfica (sí gente, no había internet en aquella época), adquirir el primer pack de preservativos o comprar algún conjunto de ropa interior femenina, hicieron que diera alguna vuelta previa antes de consumar el hecho, temeroso del "qué dirán" o de la mirada del otro. Hoy día, con 27 años, uno se siente capaz de lograr cualquier empresa, por más incómoda que sea.

Estas cosas recordé y sentí cuando, con el objetivo de comprar un regalo de cumpleaños, debí sumergirme en el mundo femenino de un outlet de carteras. Existe acaso algún otro lugar más desconocido para un hombre que ese? Lo dudo. Conciente de ello, tomé aire y mi tarjeta de crédito, y entré.

Y ahí, de golpe, estuve entre todas, muy lejos del "bendito tu eres": tantas mujeres comprando era como estar con mi hermana en su peor momento de compra compulsiva, multiplicada por cien. Era la mismísima fiebre consumista expresada en cada fémina presente: mientras que una se llevaba ¡ocho! carteras (acaso alguien necesita tantas?), la otra pensaba si tenía $180 más para gastar, y adquirir su sexta.

Traté de concentrarme en mi objetivo de comprar el regalo y huir de ahí. Y, como era de esperarse, una vez que necesité de la ayuda de una vendedora, no apareció. Ninguna se compadeció del único par de huevos que daba vueltas entre tanta mujer lujuriosa por el cuero, los cierres, cinturones y zapatos.

Y así, solito y sin ayuda de nadie, elegí el preciado objeto, convencido de que se ajustaría al gusto de la homenajeada. Entregué el plástico, puse la firma y recibí la bolsa.

Al final, al cruzar la puerta para salir y lograr la libertad, las palabras del guardia me hicieron sentir campeón y poderoso: "Lo lograste, y si encima le gusta, sos Dios"