Hubo una época, cuando yo era un pequeñín de unos 8 ó 9 años, en que me gustaba acompañar a mi papá a su trabajo, en una inmobiliaria. No fueron muchas veces, pero sí recuerdo que jugaba a escribir a máquina, le revisaba los papeles y lo ayudaba a colocar algún que otro cartel. Lindas épocas.

Hoy tuve que ir al otorrinolaringólogo, porque me cansé de los constantes problemas que tiene mi garganta. Hay acaso alguna especialidad médica más desagradable? Sí, el proctólogo y el dentista, sólo al primero nunca lo visité, y al segundo lo evito todo lo que puedo. De paso, pedí que me hagan un lavaje de oídos, lo que está buenísimo, porque después parece que uno tuviera una superaudición supersónica de superhéroe.
Hoy me enteré que los hijos de los médicos también acompañan a sus padres a ver cómo trabajan. Supongo que hay excepciones, aunque intuyo que más de un hijo de ginecólogo habrá fantaseado con presenciar una revisación.

El maldito gurrumín espiaba desde una puerta entreabierta cómo su papito querido me metía un caño de goma por la nariz, para poder ver mi garganta. Claro que podría haberle dicho al tipo que cierre la puerta, pero cuando intenté hablar me interrumpió una arcada que casi convierte al guardapolvo del tipo en una vianda masticada. Diagnóstico: hipertrofia de no se qué. Antibióticos, corticoides y nada de gritos.
El lavaje de oídos suponía un trámite mucho más rápido y simple. Pero hoy papá doctor quería entretener al borrego con el paciente que no se queja. Yo a esta altura ya estaba lo suficientemente humillado como para oponerme.
Hay aparatos de lo más curiosos, realmente. Acaso usted sabía que existen aspiradoras de cera? Sí, de la cera de oídos. Yo ni enterado estaba, hasta que sentí que un vientito empezó a chuparme la oreja. Lejos de exitarme, tan sólo una frase del crío bastó para devolverme a la realidad:

"Faaaaaaaaaa! Mirá eso!!! Papá, este es el hombre de cera!!!"

Malditos niños y su impunidad que no debe molestarnos.