La escena fue contundente e imperdible: El joven adolescente argentino salía de la peluquería, mientras su madre lo miraba desde atrás, con una mezcla de resignación, asco e indignación. No se escuchaban los gritos, porque nos separaba una marea de gente, el ruido del tráfico y el vidrio del colectivo, desde donde yo miraba, pero sí se leían los labios: "Por favor! Cómo podés usar eso!" y "Eso se usa? No les da vergüenza?" fueron dos de las frases de puro amor maternal que la señora pudo decir, y yo adivinar. El esfuerzo por no matar a su querubín fue grande, enorme, y la explicación sólo se podía justificar en el amor y la tolerancia que únicamente una madre puede tener para con su hijo.

El joven adolescente argentino había adquirido y/o modificado su look, para ser un emo con todas las de la ley.

El pelo negro, negrísimo. La nuca rapada, el flequillo largo tapando un ojo. Remera a rayas grises y negras, jean chupín gastado, oscuro, igual que las All-Star que pisaba. La madre seguía mirando. Los ojos penetrantes e indignados no veían a su niño en ese joven adolescente argentino.

Y me acordé de lo que me dijo un amigo, padre de una criatura de 5 años, hace un tiempo:

"Si mi hijo se hace emo, me mato"

Y lo entendí.

No quiero un hijo emo.