Me desperté, y logré abrir sólo uno ojo. Pergolini le sacaba el cuero a alguien desde el éter, como casi siempre. 'Viernes!', pensé, y una sonrisa se dibujó en mi mente, no en mi cara, que seguía aplastada contra la almohada. Así, como por inercia, me acerqué a la computadora para chequear el saldo del banco: Pensé que hoy debía cobrar. Pero no pasó de eso, de un pensamiento, porque en la cuenta seguían esos miserables $3.58...
La ducha ofició de digestivo para el mal trago monetario y como despertador de prepo. Sigue siendo viernes y eso nunca es malo.
Salí como siempre, apurado. En dos cuadras saludé a dos personas, con un falso pero amable 'Buen día'. A una de ellas no la conocía, sí de vista, pero no sé quién es, ni cómo se llama, ni dónde vive. No importa, suele pasarme.
El tren llegó rápido, y yo lo apunté en mi lista del día como algo positivo. No cobré, pero voy a llegar tranquilo al trabajo, debe ser una de esas situaciones que mantienen equilibrado al mundo, una buena y una mala... Cualquier creyente diría que es obra de Dios, pero sigo dormido como para pensar en eso.
Vislumbré un asiento vacío apenas subí, y no tenía ningún usurpador en su proximidad. Otro punto a favor. Sentado en mi reconfortable butaca de cuerina rota, sentí un olor común, de esos que uno siente en cualquier calle o cualquier casa, pero que en el tren no debía estar: cigarrillo. La persona sentada detrás de mí estaba fumando. Pensé en pedirle que deje de hacerlo, pero no me animé, no tenía ganas de hablar. Me odié por mi silencio y por el de los demás, que observaban con indiferencia (si es que se puede mirar y ser indiferente a la vez) cómo el señor pitaba y largaba el humo a un metro del cartel de 'Prohibido fumar'. Volví a pensar en mi teoría que afirma que un furmador es, en esencia, un maleducado.
Frente a mí un tipo sacó una bolsita y empezó a manipular algo, no pude saber qué era. Los movimientos de sus manos parecían mostrar que armaba un porro, o que preparaba una artesanía, quizás ajustaba una tuerca de algo, o tal vez una pipa para fumar paco. No pude adivinar, todo estaba tapado por su bolsita negra, que ocultaba cada vez que alguien se acercaba y podía verlo desde arriba.
Cuatro son las cuadras que camino desde Retiro hacia mi nuevo-no-tan-nuevo lugar de trabajo. Pensé en las cosas que mi nuevo jefe quiere que piense, y seguí sin saber por dónde empezar. Mientras tanto veo a un tipo que maneja con una mano y habla por celular con la otra, al mismo tiempo que dos policías que podrían estar mirándolo, charlan entre sí. Una cuadra más y otro agente de la ley, esta vez rodeado de preadolescentes que le preguntan no sé qué. La seducción del uniforme no es poca cosa.
Llego a mi edificio, el Carlos Pellegrini. Piso 14. Viaje lento, lentísimo, parando en cada piso. Obviamente llego tarde. Saludé tímidamente, todavía son el nuevo en el sector. Y no pensé lo que tenía que pensar.
Quedan ocho horas de trabajo. No, siete, me entretuve escribiendo un post.
El título parece que hablara del conflicto del campo, pero no.
Punto a favor.