Cerrado
Tener un lugar de libertad para escribir.
Ese fue el motivo que me llevó a abrir este blog, y mantenerlo por aproximadamente 2 años.
Todo ese tiempo fue una práctica en público, de crecimiento, con cosas buenas, otras no tanto y algunas bastante malas, lo admito.
Hay varios motivos para poner fin a este espacio. No quiero ser repetitivo, ni quiero aburrirme, ni tomarlo como una obligación. No quiero decir "tengo un blog" cuando en realidad no lo tengo. Lo tuve.
Durante esos dos años estudié, me recibí, cambié de trabajo, me separé y volví a estar en pareja, me mudé y muchas cosas más. También empecé a hacer laburos en lo mío, en lo que me gusta. Tal vez esto último sea el principal motivo para dar un cierre definitivo a esto.
Este post no pretende ser leído por nadie, porque creo que pocos entran por estos pagos en estos tiempos. Lo único que pretendo es dar -darme- una explicación, y que quede acá, entre los miles de millones de posts de los millones de blogs que andan dando vueltas en la web efímera, en la que las páginas, blogs, perfiles y aplicaciones aparecen y desaparecen sin seguir ningún patrón. Yo hoy quiero dar un punto final.
En estos últimos meses intenté abrir algunas puertas, y en algunos casos lo logré. Pude publicar mi primera nota en Rolling Stone tres meses después de haberme recibido. Newsweek me cedió un espacio, y Página/12 me dejó escribir una nota de la que estoy muy orgulloso. Supongo que cada uno se acordará de la sensación de haber visto su nombre ahí por primera vez, en una revista, un libro, lo que sea. También, me di cuenta que muchos se olvidaron de eso, y tener un minuto de atención de aquellos que están en posición de dar las oportunidades es muy difícil. Gracias igual, porque ya sé por dónde no buscar nada.
Nos vemos por ahí, en alguna otra web o en cualquier lugar donde pueda seguir escribiendo.
Haber podido empezar en donde quería es el mejor final feliz que le podía dar a esta historia.
Garabatos
Hubo una vez en que pedí un autógrafo. Tendría algo así como 5 ó 6 años y, en pleno furor de 'La noche del domingo' y el concurso de pulseadas, me lo crucé a Arévalo, algo así como el juez de cada enfrentamiento. Agarré un cartoncito, mi mamá me dio una birome, y solicité, no con poca vergüenza, el tan ansiado trofeo. En él se leía bien claro Arévalo, así, seco, sin dedicatorias con falsos cariños ni frases ingeniosas.
Fue la única vez.
Es para mí uno de los grandes misterios de la humanidad, junto con "quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos". No logro entender el sentido de tener un papel (o sus variantes de cuaderno, servilleta, volante, DNI) firmado por alguien, sea quien sea. ¿Acaso es necesario que para testimoniar el encuentro con alguna celebridad o persona admirada, alguien necesite un papel? O más grave, ¿es necesario tener que demostrarlo? Parece ser que no alcanza con sólo vivir el momento y conservarlo en la memoria: también hay que tener pruebas, sino no pasó.
Conozco gente que tiene o pidió autógrafos a Flea de Red Hot Chili Peppers (y se llevó un mal recuerdo con su no-simpatía), Andrés Gimenez (firmó un DNI), y Ciro Pertusi (firmó una remera). El destino de esas firmas fue variado: la de Flea se perdió, el que sacrificó su documento ya no escucha ANIMAL y la remera terminó en el lavarropas.
Caso aparte es el libro con dedicatoria, que merece ser firmado por el sólo hecho de que en algún momento puede cotizar alto. Sólo por eso.
La necesidad de tener una huella de una charla, que la mayoría de las veces no significa nada para el autografiante, es algo que no logro entender.
Hasta me animo a tirar una máxima: Todo aquel que pide un autógrafo es un fanfarrón que no tiene otra cosa con la que presumir.
Te lo firmo.
Ruidos por celular
La escena se repite una y otra vez, incluso, muchas veces, alentada desde el escenario. Pero esta vez me dejó sólo de llamar la atención para empezar hincharme las pelotas.
Situémonos: viene esa banda que tanto te gusta, esa que gira siempre por el primer mundo, pero que rara vez se digna a bajar a Sudamérica para decir "Ustedes son el mejor público del mundo!". Entonces vos vas, pagás la fortuna que se le ocurre cobrar al organizador del concierto más el plus que cobra Ticketek, pero pagás, porque es esa puta banda que nunca viene, que siempre amagó, a la que el líder se le está por morir de viejo o de una sobredosis. No podés faltar.
Entonces sale la banda, explota la gente y vos los tenés ahí, más cerca o más lejos, pero ahí mismo, compartiendo el mismo espacio que vos... Estás escuchando las notas directamente desde su guitarra o micrófono, sin discos ni televisores de por medio. Un placer. Esperaste por esto mucho tiempo.
Y ahí estás vos, salame, filmando con tu celular.
Justo delante mío, y cada vez que alzás el aparato para registrar una canción que cuando la veas no se va a distinguir nada, porque tu celular es bien pedorro, me tapás, te ponés entre mis ojos y el escenario. Yo quería ver a Noel Gallagher en directo y no a través de la pantallita de mierda esa. Y ahí estuviste vos, pequeña adolescente con teléfono, para molestarme.
Nada más me importaba, porque los empujones, el sudor ajeno y los olores corporales son parte de cualquier recital desde siempre.
Sin necesidad de ver ninguna grabación de celular recordé cuando fui a mi primer show de rock, a los 14, y pude ver al Attaque 77 que sonaba siempre en los discos. Y sigo recordando a Pearl Jam, Aerosmith, Slash, U2, Soda Stereo, Bulldog y hasta a Superuva... Sin videos chotos ni fotos pedorras.
Qué habrás hecho después con ese video? Lo habrás visto? Te habrás dado cuenta qué tema sonaba desde ese parlantito saturado y esa mancha de luces que, se supone, era el escenario?
Yo sigo apostando a la memoria, a recordar cómo fue y qué provocó en mí el sonido vivo, crudo, sin intermediarios.
Tal vez tape a alguien con mi cabeza, pero esa es otra cuestión.
Significado original
Hubo un momento en que la palabra moneda -no en su sentido amplio ni como referente de una identidad nacional- significaba poco: era el sobrante, eso que no representaba mucho para uno y podía darlo a alguno que lo pidiera por la calle. Entonces la frase 'Ehhhh, me das una moneda para...' (complétese con sánguche, bondi, birra) se traducía en dar ese pequeño pedazo de metal redondo, que se conseguía en cualquier lado comprando un Beldent a 50 centavos.
Muchísimas veces me pregunté -muchas de verdad- si aquellos que siempre vivieron de las monedas ofrendadas por otros (cantantes de subte, artistas a la gorra, mendigos en general), vieron mermar sus ganancias con el conocidísimo problema de la falta de metálico. Pero como no soy de ponerme a hablar con las personas por la calle, nunca les pregunté.
Pasó entonces que me sentí identificado. Cuando ese músico subió al colectivo, con su guitarra en un hombro, la mochila en el otro y el amplificador en la mano, me recordé en esos días en los que no había lluvia, calor ni compromisos que hicieran mérito como para suspender un ensayo. Ahí estaba él, sostenido por dos piernas finitas como huesos de pollo, con su remera rocker y el pelo genuinamente lookeado para el rock, dueño de esa rebeldía que sólo se tiene entre los 16 y los 20 años.
Revolvió en los bolsillos de su chupín y rescató $12, de los cuales $8 serían para la sala y el resto para viajar de vuelta a casa, a contarle a mamá o al hermano mayor que 'ya nos sale re-bien la última de Metallica'... También tenía monedas, pero de esas chiquitas que sólo sirven cuando acompañan a alguna más grande... Y, lleno de inocencia, se animó a decir:
- ¿Alguien me cambia $2?
Un silencio atroz invadió el vehículo. Acaso alguien iba a regalar dos monedas, objetos de valor nominal=1 pero de valor real incalculable? Y el rocker se caminó medio colectivo, con su guitarra, mochila y amplificador en mano, haciendo equilibrio ante cada lomo de burro de la Gral. Paz, sin tener éxito. Nadie quiso darle cambio.
Y yo, que por una de esas casualidades había conseguido $200 en monedas unos días antes, saqué los $2 que le permitirían al pollo rockero sentirse una estrella en sus horas de ensayo. Humilde estrella viajante en bondi, pero estrella al fin.
- Gracias che, que buena onda!
Y por un momento las monedas volvieron a ser eso: monedas, pequeños trozos de capital que uno podía dar sin tener que pensar demasiado.
Entre cueros y mujeres
Hay momentos en la vida de un hombre que siempre quedarán guardados en su memoria, quizás unidos a la también inolvidable vergüenza que los acompañó. Situaciones tales como comprar la primera revista pornográfica (sí gente, no había internet en aquella época), adquirir el primer pack de preservativos o comprar algún conjunto de ropa interior femenina, hicieron que diera alguna vuelta previa antes de consumar el hecho, temeroso del "qué dirán" o de la mirada del otro. Hoy día, con 27 años, uno se siente capaz de lograr cualquier empresa, por más incómoda que sea.
Estas cosas recordé y sentí cuando, con el objetivo de comprar un regalo de cumpleaños, debí sumergirme en el mundo femenino de un outlet de carteras. Existe acaso algún otro lugar más desconocido para un hombre que ese? Lo dudo. Conciente de ello, tomé aire y mi tarjeta de crédito, y entré.
Y ahí, de golpe, estuve entre todas, muy lejos del "bendito tu eres": tantas mujeres comprando era como estar con mi hermana en su peor momento de compra compulsiva, multiplicada por cien. Era la mismísima fiebre consumista expresada en cada fémina presente: mientras que una se llevaba ¡ocho! carteras (acaso alguien necesita tantas?), la otra pensaba si tenía $180 más para gastar, y adquirir su sexta.
Traté de concentrarme en mi objetivo de comprar el regalo y huir de ahí. Y, como era de esperarse, una vez que necesité de la ayuda de una vendedora, no apareció. Ninguna se compadeció del único par de huevos que daba vueltas entre tanta mujer lujuriosa por el cuero, los cierres, cinturones y zapatos.
Y así, solito y sin ayuda de nadie, elegí el preciado objeto, convencido de que se ajustaría al gusto de la homenajeada. Entregué el plástico, puse la firma y recibí la bolsa. 
Al final, al cruzar la puerta para salir y lograr la libertad, las palabras del guardia me hicieron sentir campeón y poderoso: "Lo lograste, y si encima le gusta, sos Dios"
Una fantasía
A veces, bah, muchas veces, fantaseo con subir a un colectivo lleno y empezar a preguntarle a la gente que está sentada dónde se baja, para después elegir de quién me conviene ponerme más cerca...
"Señora, usted dónde baja? Y usted señor? Ah, entonces me quedo por acá, gracias!"
Algún día, cuando me anime y no me importe que la gente me mire raro, lo voy a hacer.
Después les cuento.
Dos mudanzas
Mudarse es un quilombo. Así nomás.
Implica cuestiones tales como:
- Buscar departamento (por ahora resuelto)
- Hablar con el dueño
- Hablar con su gestor
- Buscar garante
- Esperar a que verifiquen la garantía
- Hablar nuevamente con el dueño, pelear algunas cláusulas (sino NADA es a favor del inquilino)
- Resignarse a alquilar y no comprar
- Seguir esperando por la garantía (los paros en el Registro de la Propiedad son frecuentes)
- Dominar las ansias
- Embalar demasiadas cosas
- Decidir qué porquerías de las que uno junta son útiles y cuáles no
Mientras tanto hay que seguir trabajando, estudiando y viviendo la vida.
En fin, decidir sentar cabeza tiene su precio.
Este blog también lo está sufriendo en falta de posts. Así que mientras tanto propongo una mudanza a otro muy bonito que, por cuestiones académicas, escribo junto a otros colegas. Y también por aquí encontrarán algo mio.
Después quizás regrese por estos pagos, quizás no.
Jugando al doctor
Hubo una época, cuando yo era un pequeñín de unos 8 ó 9 años, en que me gustaba acompañar a mi papá a su trabajo, en una inmobiliaria. No fueron muchas veces, pero sí recuerdo que jugaba a escribir a máquina, le revisaba los papeles y lo ayudaba a colocar algún que otro cartel. Lindas épocas.
Hoy tuve que ir al otorrinolaringólogo, porque me cansé de los constantes problemas que tiene mi garganta. Hay acaso alguna especialidad médica más desagradable? Sí, el proctólogo y el dentista, sólo al primero nunca lo visité, y al segundo lo evito todo lo que puedo. De paso, pedí que me hagan un lavaje de oídos, lo que está buenísimo, porque después parece que uno tuviera una superaudición supersónica de superhéroe.
Hoy me enteré que los hijos de los médicos también acompañan a sus padres a ver cómo trabajan. Supongo que hay excepciones, aunque intuyo que más de un hijo de ginecólogo habrá fantaseado con presenciar una revisación.
El maldito gurrumín espiaba desde una puerta entreabierta cómo su papito querido me metía un caño de goma por la nariz, para poder ver mi garganta. Claro que podría haberle dicho al tipo que cierre la puerta, pero cuando intenté hablar me interrumpió una arcada que casi convierte al guardapolvo del tipo en una vianda masticada. Diagnóstico: hipertrofia de no se qué. Antibióticos, corticoides y nada de gritos.
El lavaje de oídos suponía un trámite mucho más rápido y simple. Pero hoy papá doctor quería entretener al borrego con el paciente que no se queja. Yo a esta altura ya estaba lo suficientemente humillado como para oponerme.
Hay aparatos de lo más curiosos, realmente. Acaso usted sabía que existen aspiradoras de cera? Sí, de la cera de oídos. Yo ni enterado estaba, hasta que sentí que un vientito empezó a chuparme la oreja. Lejos de exitarme, tan sólo una frase del crío bastó para devolverme a la realidad:
"Faaaaaaaaaa! Mirá eso!!! Papá, este es el hombre de cera!!!"
Malditos niños y su impunidad que no debe molestarnos.
El ciudadano
Hace unos días me agarró un ataque de modernidad progresista políticamente correcta, y escribí una carta de lectores a Crítica, que fue publicada en la edición del sábado 9 de agosto.
Me pregunto, servirán de algo este tipo de expresiones?
Fuente: Crítica Digital
Nota: Si bien La Nación es el diario que más espacio destina a los lectores, no quise escribir al mismo medio en el que se expresa la condesa Cecilia Pando. Cuestión de afinidad, vió?



